/ lunes 6 de mayo de 2024

Poder Nacional / Las palabras importan

Ese es el sencillo y a la vez profundo lema, de la campaña del Partido Socialdemócrata de Noruega, para recordar la masacre del 30 de marzo de 2011, cuando fueron asesinados 69 jóvenes que asistían al campamento de verano en la isla de Utoya. La finalidad del curso, era la actualización y preparación de sus futuros dirigentes a nivel nacional y local. La matanza fue perpetrada por un autodefinido racista, xenófobo y antieuropeo, que con armas de potente calibre y de asalto, llevó a cabo su inhumana acción.

Las palabras importan pues en ellas se reflejan los peores o mejores sentimientos, intenciones, deseos y propuestas. En el diálogo público, los extremismos van precedidos sin excepción por un léxico de exclusión y descalificación porque sí; Noruega y su trágico evento, nos recuerdan a los procesos democráticos que vivimos en esta parte del siglo XXI, en donde la sombra de la violencia física es por desgracia, una gran posibilidad. Veamos, solo de repaso, lo que sucede en las democracias como la argentina, la estadounidense, la india y desde luego, la mexicana. Sólo por referir casos visibles.

Dentro de los pronunciamientos del Partido Socialdemócrata de Noruega así como de una amplia parte opinión pública, académica y social en general de ese país, señalaron la enorme responsabilidad de los medios de comunicación convencionales y sobre todo los digitales, para permitir la libre difusión de mensajes, imágenes, textos y otros materiales cuyo objetivo principal es la generación de violencia. Recursos innobles como la difamación, el prejuicio y las mentiras, forman parte del peor recurso para que una sociedad o comunidad puedan funcionar.

El ambiente que se percibe en general en la competencia electoral en México, es preocupante y de una u otra manera, debemos poner un alto. Pensemos en el 3 de junio o los días subsecuentes. Todas las partes de la competencia partidista/electoral y las instituciones en su conjunto, harán falta para recomponer la normalidad y cotidianeidad; los precedentes radicales de descalificación, desde luego que no serán de utilidad, ni ahora ni entonces. Las palabras importan, pues son el antecedente de acciones de gobierno, programas de sociales, políticas públicas y plataformas electorales, en el mejor de los casos. En su sentido contrario y más negativo para la pluralidad, la tolerancia y la diversidad, anidan odios, rencores y señalamientos dirigidos no a los adversarios, sino a los enemigos con los cuales no puede haber, ni por asomo, puntos de confluencia o negociación.

La realidad de la dinámica política, es la construcción de acuerdos. Cualquier democracia estable y consolidada como la de México, reclama acuerdos, acercamientos pero sobre todo, disposición a reconocer en la otra parte, valía, aportaciones y respeto. Por la ruta que hasta ahora llevamos en la víspera del proceso electoral, prevalece la peligrosa descalificación. Debemos como es indispensable observar, que la ruta de la polarización tiene un límite, recocerlo e identificarlo es una garantía para que la democracia como sistema de vida social, sobreviva a las coyunturas electorales. Así debiera de ser; no es idealismo sino un planteamiento pragmático respecto de la competencia por el voto que pasada la fecha de las elecciones, no debe persistir. Estamos llegando muy lejos y tal vez, sin retorno, en un ambiente en donde los argumentos no se distinguen o no se comunican de la manera adecuada.

javierolivaposada@gmail.com

@JOPso

Ese es el sencillo y a la vez profundo lema, de la campaña del Partido Socialdemócrata de Noruega, para recordar la masacre del 30 de marzo de 2011, cuando fueron asesinados 69 jóvenes que asistían al campamento de verano en la isla de Utoya. La finalidad del curso, era la actualización y preparación de sus futuros dirigentes a nivel nacional y local. La matanza fue perpetrada por un autodefinido racista, xenófobo y antieuropeo, que con armas de potente calibre y de asalto, llevó a cabo su inhumana acción.

Las palabras importan pues en ellas se reflejan los peores o mejores sentimientos, intenciones, deseos y propuestas. En el diálogo público, los extremismos van precedidos sin excepción por un léxico de exclusión y descalificación porque sí; Noruega y su trágico evento, nos recuerdan a los procesos democráticos que vivimos en esta parte del siglo XXI, en donde la sombra de la violencia física es por desgracia, una gran posibilidad. Veamos, solo de repaso, lo que sucede en las democracias como la argentina, la estadounidense, la india y desde luego, la mexicana. Sólo por referir casos visibles.

Dentro de los pronunciamientos del Partido Socialdemócrata de Noruega así como de una amplia parte opinión pública, académica y social en general de ese país, señalaron la enorme responsabilidad de los medios de comunicación convencionales y sobre todo los digitales, para permitir la libre difusión de mensajes, imágenes, textos y otros materiales cuyo objetivo principal es la generación de violencia. Recursos innobles como la difamación, el prejuicio y las mentiras, forman parte del peor recurso para que una sociedad o comunidad puedan funcionar.

El ambiente que se percibe en general en la competencia electoral en México, es preocupante y de una u otra manera, debemos poner un alto. Pensemos en el 3 de junio o los días subsecuentes. Todas las partes de la competencia partidista/electoral y las instituciones en su conjunto, harán falta para recomponer la normalidad y cotidianeidad; los precedentes radicales de descalificación, desde luego que no serán de utilidad, ni ahora ni entonces. Las palabras importan, pues son el antecedente de acciones de gobierno, programas de sociales, políticas públicas y plataformas electorales, en el mejor de los casos. En su sentido contrario y más negativo para la pluralidad, la tolerancia y la diversidad, anidan odios, rencores y señalamientos dirigidos no a los adversarios, sino a los enemigos con los cuales no puede haber, ni por asomo, puntos de confluencia o negociación.

La realidad de la dinámica política, es la construcción de acuerdos. Cualquier democracia estable y consolidada como la de México, reclama acuerdos, acercamientos pero sobre todo, disposición a reconocer en la otra parte, valía, aportaciones y respeto. Por la ruta que hasta ahora llevamos en la víspera del proceso electoral, prevalece la peligrosa descalificación. Debemos como es indispensable observar, que la ruta de la polarización tiene un límite, recocerlo e identificarlo es una garantía para que la democracia como sistema de vida social, sobreviva a las coyunturas electorales. Así debiera de ser; no es idealismo sino un planteamiento pragmático respecto de la competencia por el voto que pasada la fecha de las elecciones, no debe persistir. Estamos llegando muy lejos y tal vez, sin retorno, en un ambiente en donde los argumentos no se distinguen o no se comunican de la manera adecuada.

javierolivaposada@gmail.com

@JOPso